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lunes, 15 de febrero de 2010

LA TEORÍA DE LOS CAMBIOS DE ENRIQUE VERÁSTEGUI POR CAMILO FERNÁNDEZ COZMAN

La relación entre poesía y conocimiento viene desde muchos atrás. Desde Edgar Allan Poe (quien relacionó la poesía con la matemática en "Filosofía de la composición") hasta Ezra Pound (la poesía debía ser una ciencia como la biología o la química, afirmaba el impenitente "amigo inconfesable" de Luis Hernández) ha pasado mucha agua bajo el puente. Ya afirmaba Guillaume Apollinaire: "Bajo el puente Mirabeau fluye el Sena/ También viejos amores". ¿Qué horizonte de posibilidades se abre cuando un poema nos lleva al siempre intrincado laberinto del saber en la denominada era del conocimiento?

César Vallejo nos habla de Heráclito, de Marx y Darwin. Rodolfo Hinostroza gusta de las circunferencias y de la fórmula de la teoría de la relatividad. Los ejemplos podrían multiplicarse. Recordemos el léxico de Saint-John Perse y su universo pleno de referencias vegetales que traduce una cosmogonía impregnada de una sensibilidad moderna y, por ende, autocrítica. Ya lo decía Octavio Paz, si no afilamos nuestra conciencia crítica, estamos aún en el páramo del medioevo.

Que este prefacio nos sirva, en algo, para adentrarnos en el último poemario de Enrique Verástegui: Teoría de los cambios (Sol negro editores: 2009), quien deja de lado el poema-río que se había manifestado en ambiciosos proyectos, como Ángelus novus, para volver al universo de la sugerencia a partir de textos más breves, pero de gran capacidad sugestiva. Aquellos que leímos, con fervor, esa ópera magna llamada En los extramuros del mundo que marcó toda una generación e hizo cambiar de rumbo a la lírica peruana, nos sentimos reconfortados ante la presencia de versos como los siguientes: "Escribí ese poema en la otra vida/ y lo refrendo ahora. No es un karma,/ es el apretón de manos entre el pasado y el futuro./ Tal vez no escribí ese poema ayer, sino en un mundo múltiple/ donde pasado, presente, y futuro se confunden:/ luz al final del túnel/ que traspasa la montaña hacia la luz" (p. 66).

La poesía de Verástegui se nutre de múltiples referencias culturales: Kant, Hegel, Leibniz, Russell, Wittgenstein, el mundo oriental, entre otras. El yo poético afirma que se le ha prohibido pensar cuando en realidad lo importante "es organizar el caos" (p. 16). Para ello se opone radicalmente a un icono de la llamada generación del 50: el gran poeta Javier Sologuren, quien se asocia a la vejez y a las convenciones sociales dominantes. El desorden de Verástegui se confronta con la norma "culta" encarnada por el poeta de Vida continua.

Sentarse como un yoga y admitir que la Biblia, Platón y Horacio se equivocaron, constituyen un acto de entrega a la frescura y belleza del universo: "teoría de los cambios florece cuando sueñas" (p. 37). En fin, un poemario que confirma el talento de Enrique Verástegui y su posición privilegiada en el orbe interminable de la poesía latinoamericana.

Fuente: La soledad de la página en blanco

domingo, 23 de noviembre de 2008

AMÓRFOR DE SALOMÓN VALDERRAMA POR CAMILO FERNÁNDEZ COZMAN

Este es el primer libro de Salomón Valderrama (La Libertad, Chilia, 1979) y manifiesta la tendencia a la vuelta al orden en cierto sector de la poesía joven actual. Efectivamente, la lírica peruana, a partir de los años ochenta, ha cambiado de rumbo. Es cierto que actualmente todavía observamos rasgos de la poesía conversacional, deudora de autores como Ezra Pound, T.S. Eliot y los poetas beatniks; sin embargo, autores como José Morales Saravia (Cactáceas y Zancudas) habían evidenciado una tendencia a un código de acentuado cariz neobarroco que no obviaba la tendencia experimental. Dicha línea estilística, con matices distintivos, se desarrolla en Amórfor, libro constituido por treinta y seis poemas, que, en su gran mayoría, son sonetos y donde se observa el influjo de Travesía de extramares de Martín Adán.

El poemario de Valderrama aborda temas como el de la oposición entre el nacimiento y la muerte a través de un paradigma estético, basado en el culto a la paradoja y a la antítesis como estructuras de pensamiento. Asimismo, desarrolla la idea de la dificultad de escribir poesía, como también la noción de la rosa elevada casi a un ícono religioso. En este último aspecto se percibe la huella de Adán, aunque no se trata de una simple imitación, pues Valderrama echa mano de un proyecto creador de naturaleza disímil. Hay en Amórfor una propuesta estética donde se busca un punto intermerdio entre las estructuras métricas clásicas y el hálito vanguardista, basado en la creación de neologismos y en metáforas de cuño experimental que buscan sorprender al lector.

Pienso que es un poemario interesante por la propuesta ciertamente osada que se percibe en los poemas. Podría objetar que, en Amórfor, hay un vocabulario que cruza eventualmente elementos demasiados dispares y donde, a veces de modo innecesario, se juega con los neologismos, cuando estos últimos ya han sido usados excesivamente por los poetas vanguardistas. No obstante, Amórfor revela a un poeta de talento que ha asumido, con rigor, el difícil arte de la poesía. Transcribo las dos primeras estrofas de “Poeta”:

Cuando nací, morí primero,
Cuando morí viví un segundo.
Primero y no un segundo viví:
Animal, poeta puro.

Músico del futuro frío...
Iluminado, inclemente crío.
Pintor, escultor lúgubre de río:
Manumisor de sonido.