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viernes, 26 de septiembre de 2008

ADELANTO DE MANHATTAN SONG DE LUIS BENÍTEZ EN ANALECTA LITERARIA DE ARGENTINA

Manhattan Song es el último poemario de Luis Benítez que dentro de muy poco publicará Sol Negro editores de Perú, creada por el también poeta Paul Guillén, de quien publicamos un texto de presentación de estos poemas, junto con un prólogo del autor y el poema "Garbo´s building" que constituye la cuarta de las cinco secciones que componen al último libro de poemas de Benítez. A su vez, el poema "Garbo´s building" está dividido en nueve estancias o pisos de un imaginario edificio poético. Analecta Literaria agradece a su editor, Paul Guillén, la posibilidad de hacer este adelanto del libro en exclusividad.

Si bien Benítez no menciona a Miles Davis, nos pareció apropiado ilustrar su poema con la serie de dibujos denominada "Trípticos de Miles Davis" de Luis Alberto Vittor, realizados en distintos momentos, entre 1982 y 1990, con una impresionante técnica hiperrealista, casi fotográfica, en grafito, tiza, pastel y carbonilla y nunca antes publicados.

Christian G. Binderfeld
Director
Analecta literaria


Manhattan Song de Luis Benítez
Palabras del poeta y editor peruano
Paul Guillén

Un revólver, una pistola, un puente, Dante Alighieri, Gilles de Rais, Áyax, Tiberio, Héctor, cannabis, Benny Goodman, nieve, Erasmo de Rotterdam, Pico de la Mirándola, el Hudson, el Ganges, el underground, la comida japonesa, Mesopotamia, las hipodérmicas, la rutina, el tedio, el cansancio, lo extravagante, lo sobrenatural, lo realista, lo reflexivo, lo pasional, las aguas del río, mujeres, prostitutas, el fin de siglo, son algunos de los elementos que describe Manhattan song, pero hay una palabra que se rehúsa a ser definida, una palabra como caballo, que no trasmite su inmanencia y concordancia: "¿quién obliga a esa bella palabra caballo a referirse a esa sombra plateada?"; de todas estas cosas -posibles e imposibles- nos habla Luis Benítez en su décimo libro de poesía. Heredero de la poesía beatnik norteamericana. Ginsberg, Burroughs y Corso como resonancias espirituales y vitales dentro de su poesía.

Manhattan song se encuentra dividido en cinco secciones: El Hudson, Una tarde en el jurásico, Cinco Contrapuntos para Erasmo de Rotterdam, Garbo´s building y Una borrachera de Pico de la Mirándola. Desde estas cinco vertientes se desarrolla la idea de un discurso posmoderno en contra del amor. "No es ligero ni frívolo decir / Que en nuestro tiempo la muerte es la gordura". La sociedad de consumo erige como máxima teleología la apariencia antes que la esencia. Por ello Luis Benítez nos propone una poesía situada en un hábitat monstruoso: la ciudad como un monstruo neurasténico. New York es la nueva Roma. Una urbe semejante a un laberinto de inmigrantes, imaginarios e idiomas: hispanos, japoneses, italianos, irlandeses, musulmanes, armenios, judíos. Todos viviendo una misma muerte en las fauces de la bestia. Nadie está a salvo. .

(Luis Benítez)

Prólogo del Autor

Escribí estos versos entre 1992 y 1993, cuando vivía en Nueva York, sí, pero como de costumbre, creo que la poesía no tiene temas, o que si los tiene, los emplea como excusa para referirse a otras cosas. Entonces, difícilmente se pueden buscar con ingenuidad en las páginas siguientes referencias a esa ciudad, rasgos anecdóticos o cualquier otra cosa del mismo tenor. El Hudson puede ser el Yang Tzé o el Mapocho o el mismo Río de la Plata. Los nombres propios que aparecen en este libro los inventé o bien, si corresponden a personas que conocí y traté, no se corresponden con sus personalidades. Hay aquí detalles que pertenecen a la realidad y otros que provienen directamente de la imaginación, como en los sueños. Como lo real es siempre inapresable, estimo que al valorar lo que supuestamente conocemos de nuestro entorno, incurrimos en la misma negligencia, que obviamos para no inquietarnos. Cuando hablamos o escribimos sobre lo que creemos conocer, gracias a esa involuntaria estratagema decimos cosas mucho más interesantes.

Por ejemplo que, gracias a la analogía, Homero, Virgilio, Erasmo de Rotterdam o Pico de la Mirándola pueden estar incluidos en el contexto de Manhattan Song.

Sí creo -con la misma ingenuidad, probablemente- que todo poema es un fractal, una pieza anómala que altera el sistema al que corresponde, modificándolo y siendo modificado por todas las otras partes del conjunto, en este caso, un libro. Ello hace posible emplear distintos estilos como si fueran meramente recursos de estilo, para lograr así, con el conjunto, un estilo mayor, algo que, gracias a esta dinámica interna, se modifica continuamente, como lo hace el lector.

Por otra parte, puedo afirmar que apenas retoqué en cuanto a la puntuación y otros detalles menores, la última versión de 1993.

Luis Benítez
Buenos Aires, febrero de 2007

CUARTA SECCIÓN DE MANHATTAN SONG
Ilustrada con dibujos de Luis Alberto Vittor
Serie Trípticos de Miles Davis


Garbo´s building

Suo cimitero da questa parte hanno
con Epicuro tutt´i suoi seguaci,
che l´anima col corpo morta fanno.
………………………………………
Yacen aquí los que creyeron cierto,
con Epicuro y todos sus secuaces,
que el alma muere con el cuerpo muerto.
Dante Alighieri

Tal vez en el Upper West Side
Y no lejos del río de la mente
Está una puerta; en el invierno
Con su pala el viejo aleja la nieve
Y en el verano con lo mismo a los rudos demonios.

Como todos los sirvientes se parecen al amo,
El viejo como el frente fue importado de Italia
Y debajo de su camisa de lana
-En invierno y en verano-
Está hecho de hileras de sólido ladrillo.

El es de Mantua -dice- y el inglés barullero
Se le cae como una piel ya estrecha
Cuando blasfema en dialecto
"Esta caldera inservible"
O "la policía otra vez ha entrado por la drogas de ése".

Fiel portero de antaño,
De los que sólo servían para guardar condenados.

El viejo ha predicho -hace ya treinta años-
Que un día nacerá un niño maravilloso
En el maltrecho edificio.
Hay quien lo sigue esperando.
El viejo me ha dicho:

"Amigo, para ustedes los hispanos
No hay ningún piso especial en esta rota pocilga"
Y lo seguí mansamente a través de los montones de basura
Que nadie ha barrido nunca.
"Esto es inamovible", dijo saltando
Ágilmente sobre una pila de huesos.
Debí rodearla, avergonzado.
"Y también esto": un tipo agonizaba
En un camastro, a la entrada.
Ni la futura viuda ni los confusos adolescentes me miraron.
"Tampoco yo tengo remedio" dijo y llamó el ascensor,
Rascándose la caspa.

"Los conozco a todos y de todo
Tengo la llave. Créame: no sirve
Para nada. Además, ni nos ven.
Olvide sus cuidados. Estos no van a desterrarlo.
Ni usted ni yo les importamos un cuerno."

En la luna rajada del ascensor que bajaba
Había pocas cosas: unas palabras de Husserl
Y una tarde dibujada.
Nosotros ya no estábamos.
Creo también que alguien silbaba:

"Viven aquí los que creyeron cierto,
Con Benny Goodman y todos sus muchachos,
Que un alma nace cuando nace un cuerpo."
No voy a acompañarlo, Siddharta:
Yo nunca hago las cosas dos veces de la misma forma.

Pero no tema a nadie: como usted, así son de efímeros,
Como usted, así son de estúpidos. Como usted son crueles.

No vayas a ensuciarte los pantalones, mi buen Arjuna.
El noveno piso es el pent house y allí vive el peor de todos.
Ten fe en lo único que posiblemente todavía sea cierto:
"Como usted, son efímeros;
Como usted, son estúpidos. Como usted son crueles."

"Hulla-ba-loo, hull-ba-loo,
lullaby, lullaby,
Osiris y Adonis y el otro niño
Juntan por las escaleras
Pedacitos de muerto",
Se fue cantando por los corredores de una nube de polvo,
El gran sombrero erecto y el reloj en la mano.
Por qué no me prestaste entonces tu intrepidez, Alicia,
Cuando necesitaba tanto tu manita pecosa
En la Casa Negra, en la Casa Oscura,
Donde bombea noche y día la Tiniebla.

"Simplemente
Porque todos ustedes
Desde las vidas de papel
Nos parecen idiotas."


Primer Piso: Elianne McGohan

Ella estuvo en Miami
Aquella noche inolvidable
En que Jim Morrison cerró las puertas
Y se subió desnuda al escenario
"The old sacred spirit is alive!"
"The ancient holy ghost is alive!"
Gritaba en brazos de la policía
Y se golpeaba el pecho hermoso y bamboleante
"Santa, santa, santa" aullaba
En vez de "miserere"
El borracho panzón desde el micrófono
Le arrojó aquel beso
Antes de que se la ocultara
La Vía Láctea que había bajado hasta el escenario
Ella hoy tiene su Ph. D.
Y él su Pére Lachaise
Ambos enseñan poco pero bueno
Tres días a la semana
Ella en el salón correctamente iluminado
El en el más oscuro rincón del baño público
Apenas los separa un muro
Y unas pequeñas, eficientes puertas:
Es una suerte para todos
-ella incluida- que conozcan
Tan bien este trabajo
Y tengan tantos años en su oficio


Segundo Piso: Eliot Di Nucci

Nadie estuvo en el pasado
Y ninguno habitará el futuro.
Sólo existe este apartamento,
La ventana que da a Central Park,
El tedio infinito de mis piernas inválidas,
El reloj que indica que dentro de dos horas
Vendrá la enfermera profesional
No sabe todavía lo que dice.
Mi vida no importa:
Una sola cosa late entre estas desiertas paredes
Y hace mucho que no es mi corazón.
En alguna parte, en algún cajón, una Beretta 40
Recuerda que vengué a mis piernas con ella,
Un día improbable, indefinido, de 1964,
Desde esta misma silla de ruedas,
Vaciándole el cargador a Moe "Ametralladora" Carrick,
No lejos de aquí, en una esquina que he olvidado.
Debajo de la pistola un viejo diario amarillento
Da todos los detalles de mi asunto.


Tercer Piso: Fiona Lara Fredericksen

Las tapas de la mitad de las revistas de la Tierra
Ofrecen mi retrato y buena parte de ellas
Se apilan hasta el techo en este piso
Y en esta vida donde sonrío a solas.

Cuarto Piso: Maurice y Miriam Podolski

Las antigüedades no tienen lugar
En nuestro piso, son sólo para vender,
De 8 AM a 8 PM ocupan nuestras vidas
Y luego, al abordar el metro tomados de la mano,
Como lo hacemos desde hace 45 años,
Las olvidamos en el negocio cerrado.
En la casa postales de nuestros hijos,
Venidas de Israel, de Missouri y de Idaho,
De Venezuela, de Salt Lake City y de Baviera,
Desplazan a las lámparas firmadas,
Los camafeos, las espadas y los jarrones.
Todas las noches, después de cenar,
Solos en la sala, contemplamos
Esas cartulinas resquebrajadas,
donde la tinta ya se desdibuja,
donde las palabras se transforman,
como lo hicimos la primera vez,
Cuando todavía alguna de ellas
Era echada por debajo de la puerta.
La vida es algo que siempreHay que cuidar de las polillas.


Quinto Piso: Mohamed, Zacharias, Richard, Aldous "Crazy Horse", Buzzy y, ocasionalmente, algunas chicas sin nombre de la B Avenue


Qué cuidado ponemos a pesar de las tantas veces que alguien se ha dado cuenta & han entrado en este piso los cerdos una vez derribaron la puerta & el asunto hasta salió en los diarios aunque buzzy dice que nadie ya lo recuerda de todos modos ¿qué estoy diciendo? & quién es nadie para saber de nosotros si tienes cautela hombre & si depositas cada mes cien dólares en la corte el desgraciado del dueño no logrará echarte a la calle con todos tus amigos es una ley de 1953 la que nos protege además somos veteranos

Recuerdo que richard que ahora no puede mover el brazo derecho por la heroína era el más alto del grupo & el más loco & el primero que dijo "metamos a la perra en la tina" esa vez que interrogábamos fuera de las reglas en ¿dónde? ¿a quién le importa? Algo sucedió en 1965 éramos tan jóvenes & metimos a la mujer en la tina & trajimos los bidones de napalm & un fósforo éramos tan jóvenes & estaba tan lejos la vergüenza de hanoi

Tiño mis canas como todos los demás, como hace aldous crazy horse aunque ya era calvo al entrar al servicio & le da miedo asomarse al espejo

¿Alguien se enteró? soy un negro desmemoriado pero estos cuatro blancos son todo lo que queda del pelotón & desde entonces estuvimos siempre juntos y no recuerdo si era buzzy o zacharias quien tenía el alquiler del piso ellos tampoco lo recuerdan nadie recuerda nada eso es lo bueno de este país & si tienes tacto amigo nadie te tocará el hombro & dirá ves esta placa & te leerá tus derechos

Son mi familia & regulamos el paso cada viernes sólo cada martes & viernes usamos las hipodérmicas o cuando creemos que es viernes & uno solo de nosotros sale cada tanto a buscar comida tenemos las pensiones & tenemos cuidado al andar por los pasillos o al tomar el ascensor como si el viejo charlie estuviera a las nueve & aquí ya no podemos usar los fusiles de asalto las granadas los morteros aunque cada tanto oímos los helicópteros y nos arrojamos todos cuerpo a tierra por las ráfagas en el gran salón donde no queda ya un solo mueble aunque yo guardo en alguna parte "la browing" ah zacharías que fue a la universidad la llama el poeta lakista dice estupideces dice que "la browing" es la reencarnación de un poeta inglés.

Hace 27 años que nadie se da por enterado de que seguimos aquí y eso es bueno
Traemos putas para fotografiar


Sexto Piso: Frances Gobernor-Coleman

Yo, la única hija de Algernon Gobernor-Coleman,
Que conocí el esplendor de este país
Antes de que llegaran los italianos, los irlandeses
Y los musulmanes, antes de que desembarcaran
Con sus hijos en el vientre los hispanos
Y los armenios y los judíos que huían de los zares,
Duermo mi sueño eterno detrás de una falsa pared
Del baño, inyectada de formol, emparedada
Por mi esposo para quedarse con toda mi fortuna.
Hace casi cien años que me pudro
Discretamente, sin olores ni gusanos,
Sin prisa, en este piso olvidado
Por albaceas, abogados y jueces.
Yo que conocí el suave contacto de la seda
Y la caricia del satén, el mimo de la piel de marta,
El aroma de la menta salvaje en la hacienda de Virginia,
Desde hace un siglo sólo rasco helados ladrillos
Colocados en apresuradas hileras frente a mi nariz
Y luego el sudor del cemento cuando hace calor en Manhattan.
Inmóvil pero todavía de pie,
Separada para siempre de un mundo
Que hicieron los míos
Pero que ya no se me parece.

Séptimo Piso: Leonard Barryman

Vine de Minnesota con mi título y mis libros
A conquistar las universidades del Este,
A imponerme a los deseos del mundo
Demostrando que en un mismo tiempo
Viven Epicuro y Alcestes, Jorge Washington y Lincoln.
Creí que todo era posible en base a una férrea voluntad,
Como me enseñaron la iglesia metodista,
Mis otras lecturas y mi abuelo que era capaz,
A sus ochenta y un años, de doblar una herradura
Con la fuerza de sus dedos vueltos rojos y blancos.
Agonizo en una burocracia que ya tenía otros gustos,
Y mi clase está compuesta por muchachos burlones,
Que no saben ni estiman lo que representó Napoleón.
Cada noche, temo a los drogadictos al bajar del autobús
Y me escurro entre las sombras, una sombra yo mismo,
Creyendo que en mi oscuro centro aún brilla
Algún canon, que soy esa leve luz complacida de sí misma,
Aunque todo demuestre que la nieve la cubrió
Y el calor la derritió. Soy el que soy, repito
Al dejar el ascensor y desde el fondo de la penumbra
Que envuelve los pasillos mi vida entera se ríe
Y me arroja cada palabra que dije como un escupitajo.
Cuando cierro la puerta, esa risa persiste.

Octavo Piso: Fernando Medina y Guimaraes

Vivo en el piso que fue de mis padres:
Lejos quedaron sus sudores y sus pesares.
Podría vivir muy bien en otra parte,
Pero me complace recordar,
Entre estas cosas y muebles conocidos,
Que me elevé de entre los míos
Como un dios en una máquina.
Vivo en el piso que fue de mis padres:
Aquí avarientamente juntaron cada dólar
Para educarme, cuando este era un barrio despreciable
Y ellos la hez del planeta arrojada a esta playa
Todavía con vida como para engendrarme.
Y crecí como un monstruo, como algo notable.
Soy el futuro sin freno y ya nadie podrá pararme.
Vivo en el piso que ya fue de mis padres.


Noveno Piso: Pent house

La puerta, las paredes, el empapelado, las formas. Las cortinas, las alfombras, los ceniceros, las cómodas. Los armarios, las mesas, las sillas, los sillones. Las ventanas, los atardeceres, las madrugadas, las noches, los amaneceres. La cocina, los enseres, los utensilios, los manteles. Los pasillos, las sombras, el aire a encierro, una puerta entreabierta, la humedad, la ceniza. El polvo, las telarañas, los ruidos de la calle. El baño, las goteras, los mosaicos, el espejo, la ducha, las rajaduras, el óxido. Los insectos muertos, la mugre, las colillas, los enchufes. El dormitorio, las sábanas, los libros, las luces apagadas, las almohadas. El televisor, la radio, los cables, las revistas. El salón de estar, el techo, la biblioteca, el par de sillones, la mesa baja, los periódicos, la lámpara de pie, el aparato de aire acondicionado. El balcón, las plantas de tiesto y el vacío.

viernes, 25 de julio de 2008

ENTREVISTA AL POETA ARGENTINO LUIS BENÍTEZ POR PAUL GUILLÉN

Como adelanto de la eminente publicación del poemario Manhattan song de Luis Benítez bajo el sello Sol negro editores, conversamos con el poeta argentino sobre algunos temas relativos a su poética y su vida:

1- En alguna entrevista has mencionado tu amistad con grandes poetas argentinos como Enrique Molina y Francisco Madariaga. Quisiera que nos cuentes más acerca de esta relación, porque al parecer en tu poesía no se percibe el legado surrealista, tal vez, ¿estos poetas te influenciaron, antes que en la textualidad, en el espíritu?

-Enrique “El Gordo” Molina y Francisco “Coco” Madariaga, poetas extraordinarios, en el lato sentido de la palabra, pero que además poseían una calidad humana también extraordinaria, no común. No sólo podías hablar con ellos de mujeres, alcohol, alegría, poesía en acto, extravagancia, echarle una burlona mirada al mundo, sino también de los clásicos grecolatinos, Ronsard, política, religión, antropología, ciencias naturales, compasión, economía, vida cotidiana, impuestos, esperanzas, desilusiones y política literaria. Pero lo más señalable era que al levantarse de la mesa del bar, los sujetos que lo hacían seguían siendo los mismos y actuaban en consecuencia, inclusive a riesgo de “perder posiciones” en la vida concreta, en un tiempo no tan lejano de éste, donde ya veías a la mayoría de la “gente de letras” –todos ellos inmersos todavía en lo que podíamos definir como “el sujeto romántico”- cagándose alegremente en lo que acababan de decir. Esa admirable coherencia yo la admiraba mucho en El Gordo y en Coco. Antes de conocerlos, eran desde luego para mí figuras imponentes, los clásicos argentinos, pero al conocerlos íntimamente, confidencialmente, no se corrieron un ápice de lo que pensaba de ellos antes. Es más, los admiré todavía más al conocerlos como amigos, al seguir bebiendo ginebra con ellos ya con la noche entrada, al compartir un asado o seguir conversando al compartir un taxímetro juntos y de madrugada. Quiero decir: El Gordo seguía siendo Enrique Molina y Coco Francisco Madariaga en el taxi, durante el asado y al pedir la siempre penúltima copa de whisky o de ginebra, no se despedazaba ni el uno ni el otro, como tanto tipo y tipa a los que veo que se la cae ruidosamente la mitad o los dos tercios en cuanto se baja del pedestal y trata de conversar contigo de igual a igual (si es que alguna vez logras eso…). Tal vez yo tuve una suerte, compartida por todos los miembros de mi generación que lo intentaron: la posibilidad real de hablar con Jorge Luis Borges –a quien sólo vi dos veces, y las dos fueron muy gratas, por cierto-, con Alejandra Pizarnik, con Olga Orozco, otra querida amiga, y con tipos como El Gordo y Coco, a los que podías preguntarle por la poesía –así de enorme la pregunta- y que siempre, siempre, sabían qué contestarte. Ello no implicaba que fueras a suscribir las bases de sus poéticas, a convertirte en discípulo de ellos. Lo que menos les importaba a ellos era eso, cuando me conocieron: les importaba lo mismo que a mí entonces, “saber con quién, en toda la latitud y la longitud del término, estoy hablando ahora”.

2- Has declarado el magisterio que ha ejercido en tu poesía la figura de Dylan Thomas. Por otra parte, sé que le has dedicado una obra teatral titulada 18 whiskies. ¿De qué manera insertas la figura del poeta inglés en tu poesía y teatro?

-La figura del poeta y el hombre que fue Dylan Thomas es uno de los hitos señeros en mi poesía y además en mi vida personal. Fue quizás el menos literario de los poetas ingleses, según gustaba definirse a sí mismo, y ello porque no separaba –hasta las últimas consecuencias, como lo demostró cabalmente- su existencia como autor y como persona de los efectos de la aberración obligatoria de todo lo humano -ya en su época, la primera mitad del siglo XX- producida por la mecánica de un mundo que creamos –como cultura global- para destruirnos voluntaria/involuntariamente. Esto es, no se alienaba en literato célebre, pese a que era una de las figuras más importantes de la poesía inglesa de su tiempo, en esa sola condición de productor de bienes simbólicos a la que nos quiere reducir nuestro tiempo (que sigue siendo el suyo, pese al cambio de siglo), sino que sostuvo la última consigna a la que puede renunciar un poeta, la de administrador de uno de los sentidos posibles de la realidad –para mí la mejor, pero soy parcial- aun más allá del límite de sus fuerzas. Fue un revolucionario no sólo en poesía, sino en su correlato más inmediato: la vida misma del sujeto poeta. No era el borracho que todos creyeron imitar como si consiguieran algo de su talento y un gramo de lo que estaba diciendo. Fue la coherencia del sujeto que, enfrentado al mundo de la modernidad, siguió la batalla que se originó muy lejos, cuando un modelo de hombre que se resistió a morir enfrentó al modelo de hombre que parecía triunfante una y otra vez, y siguió peleando y muriendo, ignoto o célebre, para decir “sí, todavía era posible, yo fui la prueba viviente de que, en mi tiempo, todavía era posible”. Y te dan aliento, hermanito, porque te dices, “carajo, si en tiempos de François Villon era posible, si en tiempos de Dylan Thomas era posible, ¿por qué demonios en el siglo XXI no mostrar que otra administración del sentido del mundo es posible, al menos posible, si no imperante, como no lo fue nunca masivamente?”. Y los que no crean en estas posibilidades, que se dediquen prolijamente y como puedan a labrarse una linda carrera literaria, que bajo esas consignas todas las puertas más o menos les serán abiertas hasta cierto punto, según sus capacidades de sórdida negociación, sus contactos y prostituciones con los lobbies locales, sus convenientes parentescos, sus capitales sociales y económicos, pero atención: siempre y cuando vendan libros. Si no, bueno, ya saben ellos –o van a aprenderlo después- qué se hace con los cerdos cuando terminan siendo estériles. Esto es lo que trato de reflejar de Dylan Thomas en mi poesía y teatro.

3- Sabemos que dedicas mucho espacio de tu producción a la crítica literaria, ahí tienes alcances en el análisis de la poesía y la novela. ¿Qué nos podrías comentar acerca de Juan L. Ortiz, Alberto Jiménez Ure, etc.?

-Para la literatura en general y para la poesía en especial, es fundamental que crezca una estructura crítica en torno de las producciones. Cuando hablaba con El Gordo Molina, él me comentaba que de su obra apenas se habían encargado críticamente Sucre y un par de tipos más, algo terrible, dada la estatura poética de Enrique Molina. Esta parece ser una tara más de nuestras letras. Otro amigo, el poeta italiano Dante Maffia, me comentaba que había varios ensayos críticos escritos y publicados sobre su obra, y que eso era lo habitual en su país. Cuando me preguntó por la crítica publicada sobre mi generación, le resultó asombroso que no pudiera cabalmente mencionar ni un solo título, ya a fines de los 80. ¿Y por qué es tan importante que crezca un corpus crítico en torno a la obra de un autor? Porque la crítica es la mirada-interpretación de lo que escribió otro, su fijación y ubicación en la historia literaria de cada país, la manera más acertada de introducirse en su obra, aceptando/rechazando/completando el lector lo que el crítico vio, comprendió, aceptó y rechazó de la obra. Esta tarea de introducción a la obra de otro, tantas veces injustamente desdeñada, es algo más que relevante y necesario: es imprescindible. Dos años después de la inquietante pregunta de Maffia, se publicó en Buenos Aires el primer ensayo crítico sobre mi obra, “Sobre las Poesías de Luis Benítez”, escrito por el licenciado Carlos Ellif y editado por el sello Metáfora, en 1991.
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Cuatro años después, el profesor Alejandro Elissagaray inició la saga de conversaciones conmigo –otra forma de la crítica- con el tomo primero editado por Ediciones Nueva Generación en 1995 y el segundo apareció dos años después. Elissagaray cerró su trabajo con una antología crítica de mi obra poética y narrativa en 2001, editada por el mismo sello. Pero, lamentablemente, esto no es algo usual en mi país. Todavía poetas de peso, tanto de mi generación como de las anteriores, carecen de trabajos críticos escritos sobre sus obras. Cuando encaré el primer trabajo crítico sobre un autor, “Juan L. Ortiz: El Contra-Rimbaud”, cuya primera edición es de 1985 y la segunda de 1986, no era consciente de esta carencia: simplemente me había interesado profundamente en la obra del gran poeta entrerriano y estaba decidido a escribir sobre ella. Me sorprendí mucho cuando el editor me dijo que iba a hacer una segunda edición, dado que la primera se había agotado en cuatro meses de oferta en librerías. El también estaba asombrado: ¿no existe un lector de crítica literaria? Pues parece que sí, según lo que estoy contando. Ello me animó a seguir indagando en la obra de otros autores y así, en 1996, la Universidad de los Andes publicó en Venezuela mi obra “El Horror en la Narrativa de Alberto Jiménez Ure”, un trabajo para mí muy placentero sobre uno de los autores más interesantes de aquel país, extraordinario narrador, también ensayista y poeta. En 2004, la madrileña Ojos de Papel sacó a librerías mi “Jorge Luis Borges: la tiniebla y la gloria”, que atendía a mostrar un Borges poco conocido, con sus cimas y sus simas también… algo que a varios, en Argentina, no les gustó demasiado, pues creen que se trata de una suerte de prócer o algo así, cuando era definitivamente un hombre con todas sus flaquezas y ello no es obstáculo para admitir redondamente que es también uno de los escritores más importantes del siglo pasado. Más recientemente, en 2007, la editorial Ala de Cuervo, de Caracas, editó mi ensayo “La novelística de Teódulo López Meléndez: escribir desde la fisura”, un trabajo que me interesó por el íntimo compromiso que este polémico autor venezolano tiene con su tiempo, su circunstancia y con la historia de la literatura occidental en su conjunto.

En lo que va del año, Ediciones Lea, de Buenos Aires, lanzó otros dos ensayos míos, “Carl Jung: un chamán del siglo XX”, y “Sigmund Freud: el descubrimiento del inconsciente”, y entiendo que no han perdido dinero. Si alguna vez las editoriales comerciales se percatan de que están desperdiciando la posibilidad de ganar dinero publicando crítica literaria, para un par de miles de lectores, quizá, pero lectores/consumidores al fin, en los términos que ellas manejan, le estarán haciendo un bien muy grande a las personas, además de cobrar sus tan queridos centavos. La crítica literaria no puede reducirse al ámbito universitario: tiene que salir a la calle e infectar a la gente: ello es bueno y beneficia a todo el mundo.

4- Publicas tu primer libro de poesía, Poemas de la tierra y la memoria, en 1980. ¿Cómo te sitúas frente a las otras poéticas que en ese momento surgían en Argentina? Por ejemplo, empezaban a publicar Néstor Perlongher, Arturo Carrera, Tamara Kamenszain ¿Cómo sentías esa relación con lo que después se llamaría neobarroco?

-El neobarroco surgió en Argentina, aproximadamente en 1985, cuando llevaba varios libros publicados. Conocía a Néstor Perlongher antes de que él supiera que era neobarroco, junto con Arturo y Tamara, que probablemente también a comienzos de los 80 no lo sabían. En realidad, el término neobarroco fue un bautismo que alguien les puso a mediados de la década, por ese afán de etiquetarlo todo que posee cierta crítica. Si examinas a fondo las obras de los autores agrupados dentro de esa barricada estética, se notan profundas diferencias, no sólo en cuanto a tratamiento de las formas, sino también en lo que hace a la calidad del tratamiento. Tú citas, claro, a los que son probablemente los tres picos máximos del neobarroco argentino, pero como movimiento o bandera o como se lo quiera llamar, chorreó abundantemente sobre otros autores, aunque creo que en los casos menos felices, fue más moda que capacidad de desenvolverse en ese estilo. Y cuando se trata de algo como el neobarroco, que hacía hincapié en las formas, cito a Arturo Carrera, que argumentaba que el tiempo del sentido había concluido, que la poesía era pura forma. Un argumento muy conveniente para el neobarroco de entonces, y aprovechado por aquellos que deseaban echarse sobre los hombros la capa de armiño que estaba de moda. Vi convertidos a la nueva religión a varios autores que, si eran buenos o regulares en su estadio anterior (neorrománticos, setentistas tardíos, cuasicoloquialistas, neoconcretistas, etc.) se aferraron como tabla de salvación al credo nuevo, porque ello garantizaba alguna patente de corzo para navegar con cierto resguardo por las procelosas aguas de la poesía argentina de los 80, con promesa de buen puerto. Respecto de los buenos autores que citaste, Tamara fue y es una de las escritoras más serias y rigurosas que poseemos. Néstor era para mí el mejor, originalísimo y muy imitado ya entonces, y fundamentalmente, muy honesto. A punto tal, que inventó para sí mismo un movimiento propio del que era el único miembro, el neobarroso, porque decía que “su neobarroco” más que con don Luis de Góngora y Argote y con Lezama Lima, tenía que ver con las barrosas aguas del Río de la Plata, que guardan tantos cadáveres… siendo esta última palabra el título de uno de sus poemas más famosos. Poseía un sentido del humor muy especial, me hacía reír muchísimo y se burlaba negrérrimamente de términos como “neobarroco”. Solía decir, por ejemplo, que él no era gay, un término que como el neobarroco también se puso de moda por entonces, en reemplazo del casi médico homosexual o del pacato invertido, sino “puto, puto, puto”. Respecto de Arturito, también era juguetón, pero de un modo distinto. Declaraba que “él descendía de Lezama Lima, Lezama Lima de Luis de Góngora y Luis de Góngora de Dios”. Sin duda un abuso del carácter transitivo en lo que hace a los tres primeros autores citados y respecto del cuarto, dado que no existe, me ahorra mayor comentario respecto de sus pretendidas obras, las citadas por Carrera y todas las demás. Además del neobarroco, existían otros movimientos en los 80, yo pertenecí siempre a lo que ensayistas argentinos como Alejandro Elissagaray y Daniel Fara han llamado “los Independientes”, porque preferíamos búsquedas más personales, lejos de las banderías estéticas, que terminaban pareciéndose mucho a una sociedad de socorros mutuos. Pasados casi 30 años, poco o nada ha quedado como influencia de esas corrientes en los nuevos autores, cuando en los 80 parecían ser –ruidosamente- las únicas posibilidades de escribir y adscribir a la poesía argentina de entonces. Quizá nuestro trabajo, el de los autores que, como yo y muchos más, no militábamos en esas corrientes tan en boga en el pasado, era más lento y sostenido, más paciente, menos obligado a obedecer a una forma predeterminada para figurar en las revistas que esas mismas corrientes editaban.

5- Uno de los aspectos más relevantes de tu escritura es la prolongación de un espíritu beatnik. Manhattan song lo escribiste en New York y se percibe toda esa atmósfera de vida agitada, influencia de jazz, budismo, gángsteres y libre albedrío. ¿Cómo consideras el legado beat en la actualidad, te sientes un heredero? ¿Qué autores beat has frecuentado con más regularidad y con cuáles pudiste tener un contacto más cercano?

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-Hay que tomar en cuenta que Manhattan Song fue escrito en un momento muy especial, cuando “mi otra ciudad” todavía seguía siendo la misma: la zona de cruces entre las culturas, las calles donde se entrecruzaban idiomas y costumbres y donde podías detenerte a hablar con cualquiera con cierto grado de éxito. Tras la caída de las torres, se convirtió en otro espacio, de alguna forma se apoderó de ella el espíritu del interior de los Estados Unidos y dejó de ser tan cosmopolita como era antes. Los Estados Unidos de alguna manera volvieron a ser lo que eran antes de la Segunda Guerra Mundial, una nación que se mira el ombligo y luego observa desconfiadamente al mundo, porque saben que el mundo –y no se sabe si para bien o para mal- está cambiando y los Estados Unidos no saben qué papel le tocará en ese futuro, suponen que no va a ser muy divertido para ellos y creo que hay que darles la razón. Sin embargo, el espectro cultural que dejaron sigue siendo poderoso y el hecho de que se trate de una decadencia cada vez más acentuada, a pesar de su todavía enorme poder económico, político y cultural, es trazante en los últimos cincuenta años. Los autores beatniks fueron fervorosamente aceptados por los movimientos culturales posteriores, dentro y fuera de los Estados Unidos, por los hipters y luego por los hippies, porque le daban fundamento ideológico a aquello que sus miembros, conscientemente o no, llevaban a una nueva praxis. Pero el beatnik era fundamentalmente el sképsis original, en tanto que el hip y el hippismo eran las versiones posibles de su prâxis; el pensamiento se plasma en las praxis que puede realizar sobre el mundo, siempre. Y cuanto más lejanas, o sea, cuanto más difusión masiva tienen las prâxis, más lejanas resultan de los postulados del pensamiento, del sképsis que las gestó. Allen Ginsberg escribió el célebre “Aullido” en 1953, mientras Dylan Thomas se moría, inconsciente, en un hospital de New York: ¿sabía Ginsberg que más de una década después, su poema maestro iba a ser la fontana de Trevi de tantos otros más, que iba a participar de una praxis de niveles masivos, que iba a infectar al conjunto de la cultura occidental? Seguramente no. Del mismo modo Jack Kerouac, Gregory Corso, Lawrence Ferlinguetti… Y mucho menos podía suponer que su sképsis iba a originar movimientos paralelos, como el de los infrarrealistas mexicanos, los horazerianos peruanos… Recuerdo unos versos de Dylan Thomas, que dicen “la pelota que hice rebotar en el parque / aún no ha tocado el suelo”. De alguna forma, el sképsis beatnik ha perdurado a través de diversas formas, que admiten o no a su abuelo norteamericano, pero a fin de cuentas proclamar o no un parentesco nada importa.

La constante del beatnik en Nueva York la percibí a través de los miembros de la revista And Then -dirigida por mi amigo el poeta y editor Bobby Roth- que habían sido beatniks en los 50 y hippies en los 60, para volver posteriormente al sképsis original, paulatinamente, más intelectual y, por ende, más resistente al sistema, más sólido. De hecho, en praxis, conservaban aquel “explotar al sistema” característico de las décadas anteriores: Bobby trabajaba sólo los miércoles, repartiendo diarios casa por casa en Brooklyn, montado en el camioncito de un amigo. El esfuerzo era tan grande, que por dos días no se podía saber de él. Luego, ya estaba repuesto. Otro de la banda trabajaba los sábados, escribiendo lemas para una radio de Queens; y todos lamentaban la amarga suerte de Judy, que era profesora de dibujo y se veía obligada a dar clases de hora y media -¡tres veces por semana!- en escuelas secundarias de State Island… Robert Roth y su pandilla de beatniks se reunían una vez al año, ése era el gran acontecimiento, para la presentación de un nuevo número de su revista, And Then, que incluía ensayos breves, crónicas, relatos cortos y, por supuesto, poesía. Varios de mis poemas aparecieron en sus páginas. Nos reuníamos cerca de la casa de Robert, en el Greenwich Village, y ellos recordaban cómo era aquello 30 años atrás, cuando todavía no estaba de moda, cuando seguía siendo, por partes, un barrio obrero. O íbamos hasta la White Horse Tavern, en Hudson 567, a beber unas cervezas y hablar hasta el atardecer… ellos no eran demasiado optimistas respecto del futuro de su país y de su literatura. También frecuentaba a mi amigo Nicholas Stix, que no era del grupo, sino algo así como un beatnik independiente. El editaba una revista, A Different Drummer, y era un tipo extremadamente inteligente, quisquilloso, enojadizo y culto; le gustaba mucho el jazz, como a mí, y solíamos ir a los tugurios donde lo tocaban. No se sentían herederos directos del beatnik ni los de la banda Roth, ni Stix; a decir verdad, yo tampoco, pero coincido con ellos en que el beatnik influyó definitivamente en las letras posteriores a los 50 y que en ello estriba su supervivencia. Algunos otros autores y artistas a los que conocí y traté: Allen Ginsberg, que era un señor de traje y muy serio cuando me lo presentaron, en un homenaje a Walt Whitman que se realizó en Saint John The Divine, una espléndida iglesia de Manhattan. Era extremadamente simpático y al saber que era argentino, insistió en hablarme en un pésimo español que se le entendía muy bien. Me habló de su admiración por Jorge Luis Borges las dos veces que lo vi. A John Ashbery me lo presentaron en una reunión, pero hablamos muy poco, entre la multitud de invitados; generalidades, esas cosas… era muy parco y retraído. Estuvo allí una hora y luego se fue. También conocí a Laurie Anderson, compositora, música y performer originalísima. Una mujer muy talentosa e inteligente, muy aguda y ácida en sus juicios. Phillis Levin, senior editor de la revista Boulevard y muy amiga mía, me presentó a mucha gente, entre ella, a Molly Peacock, una poeta que estimo mucho, y a David Shapiro, ídem. Entre los poetas de origen latino, fui y soy muy amigo del cubano Rafael Bordao, editor entonces de la revista La Nuez y actualmente de Sinalefa, donde colaboro, y también conocí al puertorriqueño Alfredo Villanueva Collado, al novelista peruano Isaac Goldemberg, un tipo excepcional, y al uruguayo Roberto Echavarren, que es un muy buen poeta, entonces profesor en la Universidad de Nueva York. Y fuera de los nombrados, conocí a varios gángsteres literarios, pero a uno de los otros solamente y fue de pura casualidad. Yo vivía en la calle 82 entre Amsterdam Avenue y Central Park West, a media cuadra del parque, un “barrio de dentistas”, como lo llamaban burlonamente mis amigos “beatniks”, uno de mis bares preferidos era de mexicanos, en la calle 4, un sitio no muy recomendable para damas delicadas. Allí paraba también un viejo con muletas, de muy mal carácter, sentado siempre solo y que pedía un tequila que parecía durar eternamente. El de la barra era un pillo de Sonora, Joselito, dotado de esa gracia y socarronería típicamente mexicanas, y, a fuerza de vernos, nos hicimos más o menos amigos. Cuando le pregunté por el viejo lisiado y solitario, me dijo que me cuidara de él, que no se daba con nadie. Joselito me dijo que lo conocían como Old Jack, que había sido pistolero en Miami y que estaba retirado. En mi libro Manhattan Song, Old Jack inspiró al Eliot Di Nucci que vive en el segundo piso del Garbo´s Building. Cuando no volvió a ir al bar, le pregunté a Joselito por Old Jack y me dijo que descansaba ya en la santa gloria, atropellado por un taxi manejado por un húngaro, a pocas cuadras de allí, cosa de una semana antes de mi pregunta.

6- ¿Cómo evalúas tu poesía en el sentido de que Manhattan song es tu décimo libro de poesía y has ganado varios premios importantes como La Porte des Poètes, Premio Joven Literatura de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat, Primo Premio Tuscolorum Di Poesia, entre otros?

-Creo que la columna vertebral de mi poesía es fundamentalmente una búsqueda constante, un ir y venir buscando ampliación del sentido, nuevas formas. Ese es su intento, el de comprender lo exterior a mí y comprenderme, así como de expresar las relaciones que observo entre las partes del todo, yo incluido. Claro que es una premisa demasiado abarcadora y nunca lograré cumplir más que con una parte infinitesimal de sus alcances. Si lo logro alguna vez, me dejará más que satisfecho. Hasta ahora, creo que apenas tuve algunos pocos aciertos. No escribí nada importante todavía, no sé si alguna vez llegaré a ello. Trato de dejar escritos algunos versos que valgan la pena. Quiero una universalidad de mi poética, con un sesgo nacional reconocible, sin que ninguno de estos dos campos mengüe la importancia del otro. No creo que lo vaya a lograr, pero lo intento.
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Sobre los premios a los que aludiste, a los que recientemente se ha sumado el Primer Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México), estimo que son reconocimientos que naturalmente llegan; en la medida en que haces un trabajo honesto y consecuente; fatalmente alguien se da cuenta. Así como no hay poema bueno que quede sin publicar, tarde o temprano se reconoce lo bueno que hacemos. A veces, post mortem, a veces, en vida. Y no estoy de acuerdo con los sujetos que dicen despreciar los concursos literarios, porque siempre sospecho que de boca para afuera manifiestan eso, pero por dentro son escarbados por otras cuestiones. Dicen que los premios literarios están todos arreglados y ello no es absolutamente cierto; he ganado concursos en el exterior, donde nadie me conocía aún. En mi país, he ganado otros cuando formaban parte del jurado autores cuya estética y puntos de vista eran diferentes e incluso, diametralmente opuestos a los míos.

7- ¿Cuál es la mayor razón de publicar Manhattan song en un sello editorial peruano? ¿Cuál es tu relación con la poesía peruana? ¿Qué poetas conoces?

-Comenzaremos por respuestas a las preguntas finales. Conozco y aprecio mucho al mayor poeta latinoamericano, César Vallejo, que es a mi juicio superior a Pablo Neruda en profundidad y densidad de toda su obra. También a integrantes de Hora Zero, Ángel Garrido Espinoza, Tulio Mora, Jorge Pimentel, Eloy Jáuregui; y conozco a Antonio Cisneros, Ricardo Peña Barrenechea, José Watanabe, Enrique Verástegui y José Rosas Ribeyro, y a los autores nuevos a través de Sol Negro, pero me cabe la ignorancia del conjunto de la poesía peruana porque vivo en la Argentina, donde no circula como debiera toda la poesía actual latinoamericana.

La poesía argentina se ha vuelto acotada muchas veces en sus miras, se concentra en los lobbies regionales, en las peleas por tal o cual publicación, por ser o no incluido en tal o cual parcial antología, por ser nombrado o no en tal o cual suplemento literario de los periódicos con cierta asiduidad. Es una visión muy anterior, ya en su tiempo deplorable. Creo que para el poeta de nuestro tiempo, el destino es salir al mundo y publicar dentro y fuera de su país, inclusive en otros idiomas, a través de buenas y difundidas traducciones. Ser el “más lindo de la aldea” es una estupidez, y lo ha sido siempre, pero con la globalización de la cultura, lo es doblemente. El poeta contemporáneo tiene que ser un poeta internacional, porque la cultura en todas sus manifestaciones se ha internacionalizado. Gracias a Internet y otros medios, algunos autores publicamos desde Filipinas hasta Lima, desde Sudáfrica hasta Londres, desde Hong Kong, Nueva Delhi, Marruecos, hasta Nueva York, San Francisco, Toronto y Montreal. Desde París hasta Madrid. Eso nos está diciendo algo. Entre otras cosas, que el horizonte se ha ampliado al conjunto del mundo. Que vale cotejar lo que escribimos con lo que se publica en otras latitudes, en nuestro idioma y también en los demás. Entonces, creo que el poeta de nuestro tiempo tiene que pensar seriamente en salir del estrecho marco de su aldea y publicar en otros sitios de la “aldea global” de la que ya nos hablaba Marshall Mc Luhan hace tanto tiempo, porque al menos para la cultura las fronteras se han extinguido. Publicar bajo el sello de Sol Negro es para mí no sólo un honor, dada la generosa oferta y la calidad de su creciente fondo editorial, sino también una necesidad, como lo fue aceptar la oferta, en años pasados, de la Universidad de los Andes y de Ediciones Ala de Cuervo, de Venezuela, y antes de ello, de Luz Bilingual Publishing Inc., de Estados Unidos y de Ojos de Papel, de Madrid. Hablo de la necesidad de un poeta de nuestro tiempo de llegar a otras sociedades, a otros status literarios, a otras conformaciones poéticas, otras tradiciones del género. Arriesgo más: el poeta contemporáneo será internacional o no será.

8- Por último, ¿cuáles son los futuros planes? Sabemos que se prepara una antología crítica de tu poesía en Argentina.

-Se trata de la “Breve Antología Poética”, cuya introducción, notas y selección estuvo a cargo de Elizabeth Auster, una estudiosa que ya hace unos años preparó y editó un trabajo sobre mi obra de alcance más acotado, “Poemas Reunidos”, publicado como libro electrónico por la editorial española La Sombra del Membrillo. La “Breve Antología Poética” es un libro de 112 páginas que reúne aquello que Auster señaló como lo más representativo de toda mi obra publicada hasta la fecha, con una introducción muy inteligente y acertada: Auster toca en ella la mayoría de los núcleos de significado de mi poética, los relaciona e inscribe las huellas de esa escritura en el desarrollo de la poesía argentina de mi tiempo. Se trata de un excelente trabajo, desde mi punto de vista, y dado que soy el objeto de su estudio, me parece que puedo hablar del trabajo de Auster con alguna propiedad. El lanzamiento del libro se produce en mayo de este año, bajo el sello de Ediciones Juglaría, de Rosario, provincia de Santa Fe, desde el interior de mi país, una situación que me agrada y atrae mucho. Agradezco muy sinceramente, tanto al sello editorial como a la antóloga, que se hayan ocupado tan generosamente de reseñar y publicar una antología de mi obra poética. Creo que es probablemente cierto lo que me dijo sarcásticamente un amigo y colega, hace poco, al enterarse de la publicación de la antología, que “evidentemente, te estás haciendo viejo, ahora que los jóvenes se ocupan de tu obra”, y puede que sea cierto, dado que tengo ya 51 años, aunque sigo siendo el mismo irresponsable –interiormente, me siento así- que cuando tenía 23 años y salía de prensas mi primer libro.

En enero de este año, 2008, Barnwood Press, de Seattle, EE.UU., publicó el segundo tomo de Poet´s Bookshelf, un emprendimiento muy interesante, que consiste en invitar a poetas a realizar un listado de los 10 libros que más influyeron en su obra y explicar por qué. Fui el único latinoamericano invitado a participar y cuando me vi en compañía de autores como Robert Bly, David Shapiro, Tom Clark, Diane Glancy, Ted Kooser y Robert Mezey, entre otros, me sentí más que halagado. Sentí que haberle dedicado las últimas dos décadas a buscar un espacio en la poesía internacional había valido la pena, que estaba siendo reconocido ese empeño. En marzo último, la misma editorial lanzó un e-book con una colección de mis poemas, titulada The Worlds´ Bazaar, traducida por la poeta argentina Beatriz Alocatti, a quien le debo mucho también, por su paciencia y dedicación, por su incondicional apoyo de siempre. Actualmente estoy terminando, creo, un nuevo poemario, que no tiene título definitivo, y estoy en conversaciones con una editorial inglesa, que podría publicar a fin de este año o comienzos del próximo una colección de mis poemas que tiene por título About the Insistent.